La corrección política y las mentiras piadosas

berlusconi bandana

El antónimo de la corrección política, la correción y la política

¿Qué significa ser políticamente correcto? Este término, tan en boga hoy en día, viene a describir el comportamiento de aquella persona que intenta no desagradar a alguna persona o colectivo. Si lo políticamente incorrecto es, según la Wikipedia, “aquello que podría causar ofensa o ser rechazado por la ortodoxia política o cultural de un determinado grupo”, resulta sencillo inferir que ser políticamente correcto es actuar de modo que se minimicen los riesgos de causar ofensa o ser rechazado por alguien.

El ansia de agradar, inherente al ser humano, hace de la corrección política una herramienta de la que, con mayor o menor nivel de conciencia, todos hacemos uso en nuestro día a día. El extenso uso que hacemos de esta práctica (por llamarlo de alguna forma) es lo que hace que este “afán por agradar” y las tácticas que para ello empleamos, se hayan acabado convirtiendo en una convención social.

A menudo, la corrección política se confunde con la hipocresía, que no es otra cosa que actuar o hablar de forma opuesta a lo que se piensa. La extensión del binomio corrección política-hipocresía es tal que yo mismo, a pesar de tener un blog en el que suelo arremeter sobre convenciones sociales absurdas, soy a veces incapaz de escapar de sus alargados tentáculos.

Para ilustrar este tema, y de la misma forma que un beato se dirige al confesionario para contar sus pecados con el fin de espurgarlos, me dispongo a contaros el reciente ejemplo que protagonicé en estas Navidades.

El escenario es una popular pizzería de la ciudad en la que viví toda la vida, hasta que hace dos años decidí hacer las maletas rumbo a Dublin. La cuestión es que este restaurante, que hace algunos años ofrecía pizzas de mayor tamaño y calidad que ahora (lo cual le hizo ganarse cierto prestigio), dejó de ser santo de mi devoción a medida que iba acentuando su declive en lo que a estándares de calidad y tamaño aceptable de las raciones se refiere. Lo que se suele decir, coloquialmente, “ahora que se han ganado a la clientela, se suben a la parra”.

Pues bien, una vez en el restaurante, al no saber qué pizza pedir, decidí seguir la recomendación de uno de los amigos con los que iba, que a su vez mantiene cierta amistad con el dueño y chef de la pizzería en cuestión. Esta recomendación era escoger la pizza especial del chef, en la que se supone que el cocinero ha de dar rienda suelta a su creatividad para deleitar a la clientela.

Esperaba encontrarme algo diferente a lo que últimamente me tenía acostumbrado esta pizzería, una pizza que me hiciera cambiar de opinión respecto a este restaurante, una pizza que estuviera especialmente buena. Pues bien, después de una burrata como entrante que no le llegaba a la altura de los talones a alguna que me había comido con anterioridad, llegó el esperado momento de la pizza. La pizza en cuestión no estaba ni buena ni mala, simplemente me dejó indiferente. Digamos que no soy Chicote ni Ferran Adrià, pero yo también sé meterme en la cocina y poner cuatro ingredientes encima de una masa redonda.

Con esta entrada no quiero dejar en mal lugar a este restaurante (de esto ya se está encargando el propio chef), si no hablar de lo que ocurrió después de los postres, cuando el chef vino a la mesa a preguntarnos nuestra opinión sobre el manjar que acabábamos de degustar.

Podría haberle dicho que no me había gustado especialmente. Podría haberle dicho que me esperaba más de “la pizza del chef”. Podría haberle dicho que me había comido pizzas de Casa Tarradellas mejores. Podría haberle dicho que años antes me había comido pizzas mejores en ese mismo establecimiento. Pero no.

La corrección política se apoderó de mí y, casi relamiéndome, exclamé lo bueno que estaba todo.

peinado horrible

La culpa no es suya, es de quien le soltó que no le quedaba mal

En infinidad de ocasiones nos encontramos en situaciones similares a la que acabo de describir. Se trata de situaciones en las que, por no desagradar, por no originar una situación “conflictiva”, nos dejamos llevar y actuamos de forma hipócrita, expresando algo diametralmente opuesto a lo que pensamos.

En este sentido, los españoles deberíamos aprender de, por ejemplo, los holandeses, más dados (en general) a dejarse de paños calientes y expresar la realidad tal y como la piensan. “Cariño, no estás más gorda/o”, “Qué bien te queda ese peinado” o “Estaba todo muy bueno” son frases que se sueltan demasiado a la ligera.

No es tan dificil decir lo que realmente se piensa. Pensándolo bien, las consecuencias de decirle (por seguir con el ejemplo) al dueño de un restaurante la verdad pueden ser incluso beneficiosas para él. Si alguien, justo cuando la calidad de la comida comenzó a menguar, hubiese reunido el valor suficiente para no soltar el típico “estaba todo muy bueno”, el restaurante en cuestión no habría perdido clientes y os habríais podido ahorrar leer esta entrada, ya que dicha debacle se habría detenido justo a tiempo, mucho antes de que la famosa “pizza del chef” supiese más a “Pizza Ristorante del Doctor Oekter” que a lo que cabe esperar de un restaurante.

Ssto se puede extrapolar a cualquier ámbito; mentiras piadosas hemos dicho y decimos todos a diario. Como ya he dicho, con esta entrada no pretendo echar por tierra el prestigio de dicho restaurante, sino reflexionar sobre el hecho de que no hay que tener miedo de decir la verdad.

Una crítica constructiva sigue estando dentro de la famosa corrección política y permitirá a aquel que nos pregunta saber que su aspecto, la comida de su restaurante, su blog o lo que sea, es una auténtica basura. Y no solo eso, le permitirá aplicar las medidas correctoras oportunas para que, en el futuro, deje de serlo.

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