Hannah Arendt y la doctrina Parot

hannah_arendt_ver2_xlgRecientemente fuí al cine y, casi por casualidad, me metí en la sala donde proyectaban una película llamada ‘Hannah Arendt’. Esta película alemana, que desconozco si se está proyectando también en España, fué una agradable sorpresa. Para quien lo desconozca, Hannah fué una filósofa política, considerada una de las mentes más influyentes del siglo XX, y la verdad es que su vida no da para una, si no para varias películas.

Nacida en Hanover, su origen judío hizo que después del ascenso de Hitler al poder, primero fuera encarcelada y después se viese forzada a huir desde Europa a los Estados Unidos. Este exilio truncó su carrera como profesora de universidad justo cuando iba a comenzar a ejercer (años más tarde denunciaría al Gobierno Federal Alemán en repetidas ocasiones por esto, hasta que consiguió que le diesen la razón y, con ella, una importante suma de dinero). Posteriormente, el régimen nazi le retiró la nacionalidad alemana, lo que le hizo ser apátrida durante catorce años, hasta que en el 1951 consiguiera la nacionalidad estadounidense.

‘Hannah Arendt’ se centra en un episodio de la vida de Hannah que tuvo lugar a principios de los años sesenta. Por aquel entonces, Hannah ya contaba con la nacionalidad estadounidense y contaba con una merecida reputación por sus estudios sobre el totalitarismo y el marxismo. Esto le sirvió para que la revista The New Yorker aceptara su ofrecimiento para ejercer temporalmente como reportera en el juicio que se llevaría a cabo en el joven estado de Israel contra Adolph Eichmann, un Teniente Coronel de las SS que había trabajado directamente en el Holocausto nazi.

Cuando se trasladó a Israel para seguir in situ el desarrollo del juicio, Hannah comprobó cómo en éste no se hablaba de las acciones directas de Adolph, si no que para culparlo usaban hechos atribuíbles al gobierno nazionalsocialista alemán. Para Hannah, Eichmann no representaba el demonio que sus amigos israelíes veían y presentaban al mundo. Adolph era más bien un hombre que había cumplido órdenes de su gobierno; un hombre que, a pesar de actuar activamente en el Holocausto, no podía ser realmente culpado de sus propias acciones. Para Hannah, este juicio era una especie de teatro ideado por el gobierno israelí a modo de venganza contra el nazismo, con Adolph ejerciendo como chivo espiatorio. Su propio origen judío no le impidió llegar a esta conclusión.

En este contexto, Hannah hizo además un estudio de lo que ella misma acuñó como “banalidad del mal”. Esta banalidad, encarnada por Adolph, venía a reflejarse en el hecho de que cualquier persona podía realizar el mal sin ser consciente de ello, sólo haciendo su trabajo o cumpliendo con su obligación en condiciones determinadas.

El análisis de Hannah, claro está, no tuvo ningún impacto en el juicio, que concluyó con la ejecución de Adolph para jolgorio del gobierno de Israel y los habitantes de su país, que tan recientemente había vivido en sus propias carnes los horrores de la mal llamada “solución final”. Las publicaciones de Hannah contradecían el sentimiento colectivo, que demonizó a Adolph y lo consideraba un “genio del mal”. Para Hannah, Adolph no era más que un hombre corriente, ni excesivamente malvado ni mucho menos un genio.

Esta linea de pensamiento, divergente del pensamiento global y oficial, le propició a Hannah la pérdida de numerosos amigos, así como el riesgo de perder su trabajo y algunas amenazas por parte del servicio secreto de Israel, en su intento por “hacerla entrar en razón”.

Esta interesante película es una oda al pensamiento crítico y a la valentía de Hannah, que no sucumbió a todas las presiones a las que fué sometida y fué fiel a su forma de ver las cosas. La independencia de pensamiento fué lo que permitió a Hannah ver los hechos que estaba viendo con suficiente lucidez como para no ser una oveja más del rebaño, balando en contra de Adolph ‘genio del mal’ Eichmann.

¿Y qué tiene que ver Hannah Arendt con la doctrina Parot?

Si cambiamos a los israelíes por los españoles, el dolor causado por el nazismo por el dolor causado por los atentados de ETA y el juicio llevado a cabo por Israel por el juicio que están llevando a cabo los medios de comunicación españoles, se pueden ver paralelismos entre ambos acontecimientos. Lo que pasa es que el acusado en el juicio medíático que se está viviendo en España no es Adolph Eichmann, ni tan siquiera es Inés del Río, la sanguinaria etarra que asesinó a decenas de personas, si no que el encausado es el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.

El que para muchos parece haberse convertido en el epicentro del mal

El que para muchos parece haberse convertido en el epicentro del mal

Compruebo estupefacto cómo personas, con una falta de criterio denunciable, se quejan de que un “tribunal extranjero” se dedique a decir “lo que tenemos que hacer en nuestra casa”. Una rápida búsqueda permite informarse de que este tribunal es una suerte de Tribunal Supremo europeo al que los ciudadanos pueden recurrir en caso de que consideren que el Estado europeo en el que residen esté violando sus derechos humanos.

En este caso, a Inés del Río, por despreciable que nos pueda parecer después de todo el daño que causó, se le estaban vulnerando sus derechos humanos. No es de recibo cambiar la condena de un presidiario para alargarla una vez ya se ha dictado sentencia sobre sus crímenes. El Estado Español hizo esto mismo e Inés, como ser humano que es, prefiere estar en libertad que en una prisión en A Coruña. Como tiene derecho a apelar a este Tribunal, lo hizo. Y como tiene razón, se la han dado.

Ahora, parece que de repente nos estremecemos al comprobar algo tan obvio como que todo criminal, una vez terminada su condena, se puede ir a casa. Nadie tiene en cuenta que esta persona ya terminó su condena real hace cinco años y todos ponemos el grito en el cielo, echándonos las manos a la cabeza, porque pensamos que la calle se nos va a llenar de etarras en cuatro días.

Como en el caso de Adolph Eichmann, en este juicio se está tachando de “malvado” al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo solamente por cumplir con su obligación, que es impartir justicia.

A pesar de todos los paralelismos, en esta ocasión echo en falta a un o una Hannah Arendt que ponga un poco de lógica en este sinsentido, en el que se está volviendo a la desinformada opinión pública española en contra de un tribunal que existe para proteger precisamente a la ciudadanía.

Los crímenes de ETA fueron y son detestables, pero la visceralidad de los sentimientos que aún nos despiertan no ha de cegarnos a la hora de emitir juicios precipitados y faltos de criterio. Sin dejar de lado que criticar al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, después de lo loable que es su labor, por una sentencia que no es de nuestro agrado por impopular es como decir que Beyoncé no es nuestro tipo porque hemos oído que padece de una leve halitosis.

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2 responses to “Hannah Arendt y la doctrina Parot”

  1. HArendt says :

    Acabo de encontrar su entrada y su blog por pura casualidad buscando argumentario para una nueva entrada en el mio sobre la película de von Trotta. Solo unas palabras para comentarle que coincido plenamente con usted en el planteamiento sobre la cuestión de la doctrina Parot, y que así lo expuse en una entrada de mi blog. Seguiré a partir de ahora el suyo, y espero que compartamos el afecto mutuo que profesamos, yo desde hace muchos años, por Hannah Arendt. Un saludo afectuoso desde las islas Canarias,

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  1. Hannah Arendt y la doctrina Parot [Opinión] - 24 octubre, 2013

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